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MENSAJE DEL MINISTRO DE GOBERNACIÓN, POLICÍA Y SEGURIDAD PÚBLICA, JOSÉ MARÍA TIJERINO PACHECO, A LOS COSTARRICENSES EN LAS VÍSPERAS DE LA NAVIDAD
La tradición cristiana sobre la solidaridad de los pueblos, sobre la fraternidad de los hombres de distinta nacionalidad, arranca con dos pasajes de los evangelios pletóricos de poesía y profundos en su significado. El primero de ellos es la parábola del buen samaritano, aquel extranjero que se encuentra a alguien gravemente lesionado a la vera del camino, a alguien que no pertenece a su pueblo, y adopta en relación con él un comportamiento más fraterno que el de aquellos que, pese a ser de la misma nación que el menesteroso, pasaban de largo, incluyendo a un levita, del que por su condición de tal habría cabido esperar de él mayor misericordia. El segundo pasaje es hermosísimo también. En él es el mismo Redentor su protagonista y se trata de la petición de agua de parte de un judío a una mujer samaritana que, como dijera un poeta nicaragüense cuya cita me parece en las actuales circunstancias felicísima: “Nunca en su odio ancestral piensa siquiera / encontrarse un judío sitibundo / que a un samaritano le pidiera/ un poco de agua sobre el haz del mundo.” Y culminó el nicaragüense su poetización de ese bello pasaje bíblico de la siguiente manera: “Y al retornar distinta a tu morada/ a trueque de aquella agua, cosa vana, / difundías la luz de una alborada/ convertida al amor, samaritana. / Para extinguir la sed de odio y venganza / manando está tu cántaro, mujer, / si el hombre vive de él, es la esperanza, / el odio como en ti no habrá de ser.”
En este momento amargo, en el que los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua se encuentran gravemente enfrentados, es responsabilidad nuestra educar al pueblo sobre el verdadero sentido del patriotismo y recordarle las mejores tradiciones costarricenses, entre las que destacan la solidaridad, el apego a la juridicidad, la tolerancia, el respeto a los demás y la confianza en la solución pacífica de los conflictos.
Que las fiestas navideñas que se aproximan sean también ocasión propicia para reflexionar sobre los lazos indisolubles que unen a los costarricenses con los nicaragüenses y para fomentar la cultura de la paz y el respeto a quienes han llegado a nuestra tierra en procura de un mejor nivel de vida, a compartir con nosotros el pan de la libertad y la vida republicana y a aportar cotidianamente su esfuerzo en el engrandecimiento de este país que al poco tiempo empiezan a ver como su segunda patria.
Fanor Téllez, otro poeta nicaragüense, suele repetir: “Los nicaragüenses son buenos costarricenses”. La aparente contradicción de la frase se resuelve si repasamos las páginas de nuestra historia patria y vemos en ellas el ingente aporte que a la costarricidad han hecho muchos nicaragüenses desde el célebre bachiller Osejo. Es necesario tener presente que en los deplorables sucesos de la isla Calero ninguna responsabilidad les cabe a los nicaragüenses que conviven con nosotros. Hostigarlos, inculparlos o hacerlos sentir mal de cualquier forma significaría dividir un tanto la familia costarricense.
Al fomentar la fraternidad de nuestros pueblos, pese a las difíciles circunstancias por las que atravesamos, estaremos dando al mundo una muestra más de la fuerza moral de esta pequeña gran nación, que ni envidia ni teme a los desplantes de fuerza militar. Pero que sí debe temer a la incubación del odio y la violencia, que podría llegar a envenenar por largo tiempo las relaciones con nuestros vecinos inmediatos, y aun las del seno de nuestras propias familias, y afectar gravemente la esencia misma del ser costarricense. ¡Que la fraternidad fortalezca nuestros corazones!
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